Una ética psicoanalítica de lo que sobra
por Laura Salino Dufour
«Mi sombra no me impedirá trabajar»
J.J. Saer
Parto de una imagen: en varias películas de Kieslowski, una anciana se esfuerza con dignidad, buscando dónde dejar sus restos. No es una escena épica, está reciclando basura. La cámara no se detiene en los desechos sino en el gesto: ese esfuerzo silencioso por encontrar un lugar para lo que se quiere desechar. La escena es sencilla, potente: los restos existen, y la vida —si pretende seguir— tiene que hacer algo con ellos.
La imagen me persigue porque plantea una pregunta que el psicoanálisis no elude: ¿qué hacemos con nuestra propia basura?
La cuestión del tratamiento de los propios desechos —lo que no queremos de nosotros mismos, lo que nos avergüenza, lo que nos asquea, lo que nos humilla, lo que nos sobra— interesó a grandes mentes y, más discretamente, a cualquiera que haya tenido que tratar con su propia miseria. Nos rechazamos por no poder asumirnos.
Y el rechazo, se sabe, siempre retorna.
Freud sabía que la civilización se construye sobre restos: lo reprimido, lo excluido, lo que no encuentra lugar. Llamo resto a lo que sobra: el desecho, aquello que ni se integra ni se sabe dónde ponerlo. Anda suelto y, por andar suelto, exige una solución.
No se trata de algo necesariamente “malo” o “culpable”: resto. Y el punto clínico no es que exista, puesto que es ineliminable, sino qué ocurre cuando no se lo puede depositar en ningún lugar. Entonces la vida queda fagocitada en el acto mismo de ocuparse de eso que sobra. A veces por fascinación. A veces por asco. Dos modos distintos de quedar tomado por lo mismo.
Hay fascinación cuando el resto se vuelve imán. Algo sin principio ni fin que promete una verificación interminable: revisar, comprobar, volver a revisar.
Hay asco cuando el resto aparece como intrusivo, como mugre que amenaza el ideal. El sujeto aquí no queda tomado por una verificación, sino por una urgencia de expulsión: limpiar, tapar, apartar la mirada, y —si se puede— exportarlo al otro. El asco tiene una eficacia moralizante perfecta: hace creer que se rechaza “eso” por pureza, cuando muchas veces se lo rechaza por horror a que exista en uno. También aquí la vida se ocupa, sin descanso: el resto no se elimina, se desplaza, vuelve, insiste, reaparece con otra máscara.
Entre fascinación y asco, el problema es el mismo: el resto no tiene lugar. Y cuando no tiene lugar, se hace lugar en el tiempo. Lo ocupa, administra y drena.
Nuestros teatros tienen bambalinas mugrientas. Y no se trata de exhibirlas para la morbosidad ajena, ni de convertir la intimidad en “contenido”. El tratamiento del resto es íntimo, a resguardo de esa religión contemporánea del “compartir”, el contarlo todo, el mostrarse como si la transparencia fuera una virtud. A veces es solo otra forma de narcisismo: el resto vuelto medalla, confesión performática o coartada.
¿Entonces, qué se hace con la miseria propia —la que ruge detrás de las buenas costumbres y de las causas nobles—, con las bajas pasiones, con la crueldad gratuita (y con la otra, la necesaria), con la pereza cuando no es descanso sino sabotaje?
El problema no es tener sombra, todos la tenemos. El problema es cuando la sombra nos tiene a nosotros, cuando nos impide trabajar.
El Bosco nos mira desde lejos —íntimamente— en el tríptico El jardín de las delicias para recordarnos algo incómodo: el infierno no siempre es un castigo, a veces es un modo de organizar o administrar el resto.
Borges —que suele tener la respuesta ingeniosa para la pregunta difícil— lo roza en El libro de la arena. Un bibliotecario recibe un libro imposible, sin principio ni fin, un libro infinito cuyas páginas se multiplican. El hombre queda capturado en una tarea sin cierre, una verificación interminable: una mezcla de pasión y condena. Pierde tiempo, vida, mundo.
El descanso no llega por comprender el libro, ni por dominarlo o hablar de él, sino por una decisión: depositarlo donde sea improbable reencontrarlo. Perderlo, para siempre. No lo destruye ni lo redime; lo separa. La solución no pasa por destruir el resto sino por separarlo del mando.
Hay duelo en ese gesto. Y hay paz. No la paz de la armonía, ciertamente: la paz de un acto que separa y corta. El duelo no es una superación heroica, es seguir viviendo a partir de un corte que fue necesario y deja una marca.
La guerra anuncia el duelo, pero el duelo anuncia la paz.
Aprender a perder no tiene nada de espiritual. Es una operación. Quien aprende a perder —a perder un ideal, a perder una versión heroica de sí, a perder el objeto que tapaba un agujero— gana una vida menos falsificada. La posible: la que no se gasta en negar lo que sobra.
En eso el psicoanálisis es menos sentimental de lo que se cree. Exige coraje, sí, aunque no el coraje épico de las grandes gestas, sino el coraje sobrio de no proyectar hacia afuera lo propio para mantener la imagen limpia.
Hugo Savino me dijo una vez: “al psicoanálisis le gustan las personas fuertes”. Tal vez. O, más exactamente: el análisis necesita un mínimo de fuerza para tolerar la caída de ciertas coartadas sin reemplazarlas por otras más sofisticadas.
Por eso se puede pensar una ética del tratamiento de los restos.
Se trata de una ética del lugar: consiste en localizar qué resto te gobierna, qué ideal lo vuelve intolerable y qué acto —en general, pequeño, preciso— permite separarlo del mando para que la vida no quede reducida a custodiarlo. Ya sea en forma de fascinación, de asco, o de cualquier otra.
Nunca es en vano interesarse por los asuntos de la cultura: la civilización inventó buenos dispositivos para tramitar restos. Aunque conviene no idealizarla. La cultura también los fabrica, los multiplica, los clasifica, los expulsa, los recicla como espectáculo.
La pregunta, finalmente, sigue siendo a la vez doméstica y feroz, bien podría hacerla El Bosco desde el retrato o el autorretrato del hombre árbol que nos mira desde el infierno: ¿qué hacemos con nuestros restos cuando aún no encontramos un lugar donde dejarlos?
Volvamos a la imagen: una anciana, sus restos, su dignidad. Ella no es la basura que lleva. Es la que trabaja dónde dejarla. El psicoanálisis, a su modo, propone algo parecido: acompañar a alguien en la búsqueda de un lugar para lo que le sobra.
Quien se anima a perder, si nos dejamos enseñar por Borges, gana una vida. La única posible. La verdadera. Si es que hay alguna verdad que pueda vivirse toda.











