Paulhan o el sufrimiento del pensar

Paulhan o el sufrimiento del pensar - Juan Bautista Ritvo

Le langage serait, à lui tout seul, une machine de guerre montée contre la science

Me voici stupide. Exactament, je ne comprend plus ce qu’ est un sens

Mettons en fin que n’ai rien dit

Jean Paulhan

Voy a citar inicialmente un fragmento de un texto de Paulhan que, agregado por los editores a Les fleurs de Tarbes ( se trata de materiales con los cuales durante años Paulhan lidió para darles cabida en el cuerpo principal de un libro no muy extenso, como todos los suyos, y sobre todo enigmático, a fuerza de tomar distancia, a veces astuta, otras desesperadas, con los sistemas de pensamiento vigentes en su tiempo), aclara a la vez que complica esa oposición mayor, casi propagandística, más bien emblemática, entre el Terror en las Letras (conservo sus mayúsculas) y su adversario, el Lenguaje, o sea la Retórica.

Allí nos habla de l’experiénce que tourne en rond y que nos lleva incesantemente y por las mismas vías, de la Retórica al Terror y desde este último al primero.

« ¿Me será preciso entonces imponer la retórica? Pero ―si tuviera incluso los medios― ella tendría la oportunidad de parecer al alumno desafiante o distraído, diferente, hecha de convenciones y de artificios: de puro lenguaje. La más débil de las cosas y la más inexistente desde que ella no encuentra de entrada el asentimiento: allí pierde hasta su naturaleza. De otra parte, la cuestión es más difícil. ¿Qué retórica propone usted? ¿Hasta dónde conducirá sus estados, sus listas? Quiero ciertamente que “languidez misteriosa” sea cliché y la sensación que se eduque. Pero, ¿qué hará usted con “la estación de las penas”, “la alegre languidez”, “la guirlanda de juventud”? Si acepto la unidad del sujeto, ¿me va a imponer la unidad de lugar, de tiempo, de sensibilidad? ¿Por qué no? Esto no es todo: se inventan todos los días lugares comunes, ¿basta una réplica política (“Yo hago la guerra”), una palabra de actriz (“¿Descendí bien?”), un slogan (“Sí, Ribby viste mejor”[1]).

¿Va a admitirlo de inmediato?

Si dice sí ¿no implica agobiar la lengua con una muchedumbre de locuciones que se eliminarían ellas mismas? Si dice no, ¿no estará llamando en todo momento al desacuerdo y al debate, porque dirá, se trata casi sin duda de lugares comunes?

Porque basta la más ligera diferencia para que surgiese inmediatamente la inquietud por las palabras del lenguaje, lo que justifica el Terror, que es ya el Terror.

O bien, ¿llegará a fijar de una vez por todas, como los emperadores chinos hacían con las palabras, las expresiones de las que un autor tendrá el derecho de servirse? O todavía…

Pero, ¿qué tengo necesidad de imaginar? Todas estas cosas están ya vistas y muchas otras que de ellas se siguen: las formas envejecidas, los abusos del pastiche, el énfasis, la elocuencia obtusa, el reproche que se le hace a un sujeto de ser ingenuo, a una rima de ser inesperada, a un estilo de ser personal. Y la retórica al fin, tan pronto que se esfuerce y se imponga y cese de ser una pura visión del espíritu, no puede dejar de asemejarse muy rápidamente a la imagen detestable que trazaba de ella el Terror; agitando sus esposas de palabras, levantando sus prisiones de lenguaje, a tal punto que la revuelta sea la única esperanza de salud. Es su doble faz. Puede ser delicioso, incluso natural comprometerse con la vida; y sin embargo se habla, no sin razón, de las cadenas del matrimonio.

Como nos bastaba llevar hasta el fin el Terror para encontrar la Retórica, así basta que intentemos simplemente aplicar la Retórica para vernos lanzados en el Terror.

¡Qué odiosa turbación! ¿Necesitaremos ver, todavía un largo tiempo, como gira la veleta loca?» [2]

Aunque Paulhan, no sin provocar confusión, suele mencionar a propósito del terrorismo a autores tan diversos como Saint-Beuve y Rimbaud, lo cierto es que el Terror como categoría proviene de la vanguardia y sus adyacencias. (Como Nisard, que escribió un texto extenso, y a pesar de él meritorio, para denostar la decadencia de la literatura latina, pero su objetivo primero y fundamental era Víctor Hugo.)

Celebrado por Breton y vuelto a celebrar en nuestro país por Aldo Pellegrini, Artaud exclama: « Todo lo que se escribe es porquería y los literatos son puercos». Aquí tenemos el Terror.

En cuanto a la Retórica, quizá carezca de nombre propio porque citar a un Boileau no sería demasiado eficaz y no se trata de eso en Paulhan: la Retórica de que nos habla es la que renace, precisamente y sin paradoja, de las cenizas de la vanguardia. O mejor y para ser más justos, de los rescoldos que todavía calientan a las más diversas tendencias.

¿Debería citar a Aragón, primero vertiginoso y deslumbrante en su paso por dadá y el surrealismo, y luego cada vez más preocupado por una retórica viva que no podría prescindir de su obra?

(Dice en La mise á mort: « El olvido. El silencio. Sueño con lo que es peor que el olvido».)

Él supo pasar desde la rebeldía ―a la que terminaba por prestarle atención intermitente― hasta una retórica que celebraba en el olvido la posibilidad de definir, finalmente, qué es verdaderamente una figura: una construcción que al olvidar permite que retorne lo imposible de olvidar: el rapto de la vida.

Veamos el esquema de Paulhan.

Los clichés actúan eficazmente en la medida en que el usuario los usa de manera espontánea. Si nos detenemos en ellos, comienza la confusión.

El ejemplo del propio Paulhan es clarísimo. Nos sentimos cómodos hablando de las cadenas del matrimonio; pero cuando subrayamos las cosas de manera distinta, evocando las cadenas del matrimonio, “cadena” refiere desde luego a “prisión”, pero asimismo a regla, a encadenamiento de palabras, sucesos, cosas, a todo lo que ―teniendo una secuencia lineal― puede ser ordenado. Podemos juntar ambas dimensiones (las cadenas delmatrimonio y las cadenas del matrimonio) y sin duda aparecerá una tercera y así ad nauseam

Así emerge una primera y decisiva dificultad: o adoptamos una actitud de resuelta ingenuidad y nos precipitamos en decir, o interrumpimos el discurso empantanados en el colmo de la obsesión.

Ahora bien, la prisa por escribir tiene la virtud, conocida por cualquiera que haga de la prosa un instrumento carente de instrumentalidad, de excluir del acto de escribir al que escribe, permitiéndole así volver a esa su obra, cuyo posesivo siempre está en cuestión, como lector forzoso y forzado.

Hay pasos aquí que hay que registrar: una inhibición primera, apenas contrabalanceada por un ingenuo arrojo (en este punto ingenuidad es sinónimo de olvido), la decisión que escribe, el momento de la exclusión,[3]y el retorno a la continuidad del texto que interpela en carácter de lector que escribe lo que está leyendo.

Paulhan ha evocado varias veces el espíritu cartesiano y hasta llega a evocar (en el dossier, no en el texto-madre que ha sido traducido) de un modo totalmente explícito las reglas del método de Descartes: dividir las cuestiones en principio confusas hasta sus elementos últimos y evidentes, y luego seguir el camino inverso. (250/252)

Claro que (lo sabe Paulhan y lo transmite oblicuamente; asimismo lo ha captado rápidamente Blanchot en un antiguo ensayo[4]) las amables y tranquilizadoras operaciones que puede realizar el intelecto separando y dividiendo, buscando la evidencia y practicando enumeraciones lo más completas posibles, se van precipitando progresivamente en un “advenimiento oscuro”[5] que llega a ser insuperable: éste es el momento desaltar.

¿Qué quiere decir saltar? ¿Qué hacemos con este vocablo tan kierkegaardiano, que no pertenece al léxico de Paulhan pero lo representa cuando, por ejemplo, dice en otro texto que hay una parte lingüística del sentido que es clasificable, y otra inclasificable, que yace en el misterio, no sin dejar esta última su huella en la primera, haciéndole perder su dirección usual?[6]

En primer lugar, saltar implica entregarse al movimiento en círculo sin apresurarse, de la forma que sea, por salir de él.

Mot, parole, discours, verbum, logos, pensée, son términos no sólo ambiguos, embarazan con sus atolladeros. Es más, Paulhan recuerda dichos de los lógicos chinos:

«Una montaña no es una montaña; un caballo blanco no es blanco y tampoco es caballo». Cada cosa llevada al límite de sí misma (es el procedimiento de los extremos, caro para él) se convierte en su contrario. El sujeto se torna objeto y éste en aquél.[7] (328/332)

Veamos su aforismo esencial al que el propio Paulhan le presta la oportunidad de una interpretación banal, muy lejana de sus resonancias:Fuyez langage, il vous poursuit. Poursuivez langage, il vous fuit. (148)

¿Habría que entregarse al lenguaje sin perseguirlo? Aquí los verbos son esenciales y si no reparamos en sus alcances perderemos con seguridad lo esencial…

Huir. Perseguir. Son verbos de movimiento y no de permanencia. Como toda palabra que provoca la «nostalgia ordinaria del Terror» (146) es arbitraria ―lo que indica que algo es un designante y al mismo tiempo no lo es― las fluctuaciones nos conducen en un movimiento en el cual, al pasar de un término al otro, se genera la borradura, el olvido: a una idea le sucede una palabra en bruto (mot brut) antes de toda significación… (331)

En la lengua virtual una palabra tiene significación. En el lenguaje en acción, un término puede sufrir el desgaste de su significación, y cuando ésta finalmente aparezca, flotará por encima de los discursos, a la espera de encarnarse en una red significante. La ciencia usual ignora este suspenso radical de lo que aún no ha hallado su lugar, y sin embargo se anuncia como una tormenta que no termina de precipitarse.

Éste es el límite interior del método cartesiano, el que para operar necesita coagular su objeto en elemento permanente.

La dialéctica sujeto/objeto no capta al lenguaje porque éste la condiciona al mismo tiempo que la desbarata.

Uno podría decir que, en definitiva, Paulhan es un terrorista (el terror que invoca está más obviamente cerca de Rimbaud que de la Revolución Francesa) que se ha entregado a la retórica porque sin malentendido ni malestar, ninguna obra merece el nombre de tal.

Admite a regañadientes que todo lenguaje es expresión. ¿Nuestro lenguaje nos exhibe? (82/83) Y sin embargo pareciera que nos constriñe a ocultarnos, cada vez que la palabra ha sido pronunciada.

Paulhan parece alejado de la tesis que hace del lenguaje la esencia del hombre; no obstante no adhiere a la tesis tradicional y contraria que hace del pensamiento y los sentimientos el centro originario de cada hombre. Permanece en el difícil tránsito entre dos magnitudes inconmensurables, que se solicitan tanto como se repugnan y que precipitan cada tesis en su contrario.

Mantenernos en este pasaje que en alemán tiene su verbo de peso filosófico ―übergehen, nos permite iluminar el remanido asunto del creador y su obra. Desde luego, una obra no expresa a su autor: lo traiciona ―pero hay que preguntarse si esta traición no es un modo eficaz de expresión―. Quiero decir: la traición yace en cada intervalo, en cada jirón de frase… Es, no obstante, una traición que debe ser leída; así como el autor es por su lenguaje y lanzado a las mil y una idas y vueltas del campo de la cultura; el lector, cada lector, incluso el autor como lector, es llevado a su vida más profunda cuya verdad es accesible al precio de la mentira.

Soy (lo he aprendido en Freud, en Lacan, en Blanchot, en Merlau-Ponty) un hablante que es hablado, pero que sólo lo descubre cuando intenta hablar, cuando, como suele decirse, rompe a hablar interrumpiendo el silencio. En ese instante, al hablante le brota lo hablado que lo habita en su doble e indiscernible faz  de parasitarlo y de habilitarlo, de trabarlo y de  conducirlo, y allí mismo se revela una extrema paradoja: gracias a una alquimia inaferrable, lo hablado se ha transformado en una voz sin palabra, una voz que, cual restos de naufragio cargados, como la isla de Próspero de «ruidos y de sonidos», exige imperiosamente volverse palabra…

(El lenguaje de los otros en el campo del Otro que lo habita, ya no es lenguaje porque ha perdido su carácter discreto. En este punto el despertar del soñante es ejemplar: debe (mal) traducir, en la linealidad del habla forzada a tornarse polifónica, el tumulto nocturno.)

 

Por algo empleamos desde hace tiempo el recurso a la retórica de la huella, del vestigio, del residuo. Y quizá estos tres términos que uso para designar una entidad mítico-retórica insinúan que, en el pasaje de uno a otro lado, los términos en juego no permanecen incólumes: mutan imprevistamente de naturaleza. Por algo la ironía y el humor son tan huidizos, tan a medio camino entre el hablar en acto y el pasado presente que consiste en haber sido hablado.

(Léase desde esta perspectiva la sección que Paulhan titula irónicamente «Nos dirigimos en vano a los sabios») (81)

El carácter bifronte de la escritura de Paulhan nunca aparece con mayor nitidez como cuando dice de los románticos:

«Charles Maurras, Jules Lemaître, André Gide están de acuerdo en reconocer que los Románticos han sido los primeros escritores que otorgaron expresamente la preeminencia a la frase sobre el sentimiento, a la palabra sobre el pensamiento.

Ahora bien, los Románticos consideran que fueron los primeros escritores que hayan liberado enteramente al pensamiento de la servidumbre de las palabras.» (85)

En todo esto hay una figura clave, a la cual Paulhan califica de filósofo del Terror: Henri Bergson.

Paulhan cita a Bergson dos veces y se refiere ―aunque no expresamente― alEssai sur les données immédiates de la conscience[8].

Lo hace considerándolo el filósofo del Terrror. (71 y 82)

En la primera de las referencias cita textualmente: «El novelista, desgarrando la tela hábilmente tejida ―tejida por la inteligencia, y más aún por el lenguaje― de nuestro yo convencional, nos muestra bajo esta lógica aparente una absurdidad fundamental, bajo esta yuxtaposición de estados simples una penetración infinita».

 

 

 

Y agrega Paulhan:
«No reconozco aquí más que a medias a Balzac, Eliot, Tolstoi y los otros novelistas que Bergson podía leer. Pero la observación se torna admirablemente exacta tan pronto pensamos en Joyce o en Proust.

Esto en lo que refiere a los novelistas. En otra parte, Bergson habla del singular obstáculo que oponen las palabras al poeta; en él se desvanece sin recurso lo esencial del pensamiento, este elemento “…confuso, infinitamente móvil, inapreciable, sin razón, delicado y fugitivo, que el lenguaje no podría aprehender sin fijar su movilidad adaptándolo a su forma banal”.»

Podemos, desde luego, oponer a Bergson argumentos que hoy nos resultan evidentes. Escritor armonioso y muy formado en la literatura clásica antigua, consigue transmitir mediante el lenguaje la distancia inconmensurable entre éste y la intuición originaria que anima al pensamiento y que jamás culmina en una expresión completa.
¿Qué cualidad debe poseer el lenguaje para que inicialmente discreto y por lo tanto corpuscular, pueda entrar en la dimensión de la onda?

Bergson coloca al entendimiento del lado del lenguaje o, mejor, a éste del lado de aquél. Sin embargo, el entendimiento es un modelo restringido del lenguaje, apto e incluso esencial para la vida utilitaria ―en este aspecto, Bergson no se equivocaba―. Un modelo ampliado es heterogéneo en su trama más íntima, aquella que se resiste por completo a objetivarse por la sencilla razón de que estamos atravesados por él sin remedio: constituidos, desde luego, pero con una particularidad que Bergson nos ayuda ―lateral pero efectivamente― a pensar.

Hay, para empezar, una capa discreta, fonológica y lexical. Hay también ―y en distintos grados de complejidad― reglas sintácticas y su correlato semántico. Ya en el nivel semántico es muy pobre y utilitario lo que puede formalizarse: una vez que los códigos se abren al lenguaje en acción, el sentido se torna insistematizable y adquiere una vida que los textos de Bergson han captado en parte y también en parte han dejado de lado: hay una geometría no euclidiana de la huella más cercana al trazo del pintor que a otra cosa, y que la palabra, por fuerza, traduce mal aunque la abrigue (como presintieron los cabalistas) en el espaciamiento silencioso entre vocal y vocal, consonante y consonante, letra y letra…

El hombre, cada uno de nosotros, posee una gramática elemental y es poseído por un sentido complejo en expansión, entre uno y otro nivel, entre la fijeza y la movilidad estamos constantemente mal situados porque el abismo que nos habita nos proyecta insistentemente hacia afuera. Dominados por un afuera-adentro o adentro-afuera podemos aprehender la utopía actual de la literatura y de la metafísica, que en este punto y por diversos medios convergen: reducir la expresión a su texto y el texto a su expresión, de modo tal que haya un espaciamiento a la vez mínimo y absoluto entre una y otra dimensión.

Podemos ahora entender este fragmento de Pauhlan:
«Quiero sin embargo que todo lenguaje sea expresión; que toda expresión nos constriña.
Faltaría probar que la constricción es perdurable. Aquí veo todavía, por lo contrario, que la palabra una vez pronunciada puede devolverme a la vida profunda y más incoherente, y ocurre que me siento cada vez más libre mientras más constreñido estoy.

Tal mezcla inexpresable de amor y de odio, de gratitud y de desprecio, toma su revancha, tan pronto me reencuentro con ella, de la facticia simplicidad que le imponían mis intenciones. El náufrago sobre su balsa, que agita un pedazo de tela, traduce muy mal su hambre, su sed, su angustia. Antes de hablar de la extraña simplificación que ejerce sobre él este pedazo, yo quisiera sin embargo estar seguro de que la angustia, el hambre, la sed no retornarán una vez que haya pasado el navío. Los hechos, dicen Bergson y los Terroristas, están ahí. Quizá. Pero los hechos opuestos no dejan de estar ahí.» (83)

Un solo comentario que necesitaría una larga nota aparte. En su primera versión de la Doctrina de la Ciencia, Fichte intentó captar esa oscilación entre lo que fluye vivo e informe y lo que se fija, cristalizándose; oscilación imprescindible, tan imprescindible como lo es su cancelación, para que el movimiento no desaparezca y para que la fijación no sea un mero cadáver: en relación con la imaginación productiva, llama a esta mezcla de los contrarios Spur: huella.[9]

Se entiende así por qué Blanchot, en el comentario que le dedicó tempranamente a Las flores de Tarbes, sostiene que este texto contiene un libro secreto en el cual lo que llamamos pensamiento está compuesto por «un desorden de palabras aisladas, de fragmentos de frases, una primera expresión, fortuita…»[10]

(Blanchot acababa de recordarnos que para Valéry el fondo también es una forma, pero impura.)

En otro texto, dedicado por Blanchot a la correspondencia entre Artaud y Rivière, esta idea es conducida a su límite:

«¿Es posible que el extremo pensamiento y el sufrimiento extremo abran el mismo horizonte? ¿Es posible que sufrir sea, en definitiva, pensar?»[11]

El punto de partida de Paulhan es el cliché o lugar común, que el terrorista execra y el retórico exhibe como valioso. Considera ambas expresiones ―cliché y lugar común― habitualmente intercambiables, aunque según la tradición se diferencien como se diferencia la frase estereotipada del mecanismo que la produce. No obstante, Paulhan hace el distingo en textos previos y preparatorios, (246) cuando separa el período retórico, que abarca la idea general, el argumento, la prueba; del período terrorista, que reduce el lugar común a frase estereotipada.

En los Tópicos Aristóteles trató formalmente al topos como la regla que permite construir argumentos y localizar en ellos frases estereotipadas. Si Paulhan prefiere considerar, al revés que el lingüista, el argumento a la regla y la expresión cristalizada al argumento, es porque como escritor está literalmente obsesionado por la paradoja aparente del cliché: lo aceptamos tácitamente mientras lo usamos sin pensar y cuando pensamos en él, el consentimiento se esfuma entre el desconcierto y el malestar.

En un momento capital de estas notas (246), Paulhan sostiene que el objeto mismo del que se ocupa se ha esfumado: «Nuestro hecho central no es un hecho».

Y agrega:
«¿Qué mejor prueba dar (si se necesitase todavía alguna) que aquello mismo que ha sido el objeto de nuestra búsqueda? Lugar-común significa ―en período retórico― idea general, argumento, prueba ―lo que hay en la prueba de más abstracto―, y como una dirección pura del espíritu; pero también ―en período terrorista― frase estereotipada, mecánica, lo que hay en la frase, en fin, de más material. Ésta es una palabra de la que ha huido la idea; aquélla una idea que escapa a las palabras.

Lejos de que coincidan, no veo, de la una a la otra, cuál podría ser el pasaje o el puente, si no hay nada de la palabra ―ruido, sonido, signo escrito― que no caiga bajo los sentidos, ni nada de la significación que se les escape. ¿Qué pensar de un problema que empieza por confundirlas? Es sólo sueño y fantasmagoría.»

Las expresiones hechas ―lexicalizadas― presentan una particularidad notoria: se conservan en el inventario virtual y a disposición de la memoria de manera sintética, global. Pertenecen, en suma, al diccionario, no a la gramática ―al menos en principio y si eliminamos todas las transiciones y mezclas que aquí no vienen a cuento―.

En la declinación preposicional, en las flexiones, en la elección de morfemas gramaticales, en la disposición de los elementos sincategoremáticos para conectar construcciones discursivas, es decir, locuciones adverbiales, conjunciones, etc., hay que apelar ya no al uso masivo sino a la aplicación analítica de reglas. Para el hablante, las locuciones lexicalizadas surgen por lo tanto de inmediato, y en la mayoría de los casos, sin que se repare en ellas.

«Realizar un sueño», «Un temperamento cálido», «Una espléndida vitalidad», son, entre tantos clichés, expresiones en que casi no reparamos cuando las usamos.

 

¿Qué decir de “un matrimonio bien constituido”?

 

¿Cómo no pensar con el terrorismo que la acumulación lexicalizada pueda embotar el procedimiento retórico y gramatical?

 

Si digo «la realización de un sueño» degrado la dignidad del sueño a la persistencia de la idea obsesiva, al mismo tiempo que la entrego a las tribulaciones de un real reducido a conducta.

En «trabajar como un loco» no reparo, en cambio, que la locura y el trabajo no se entre sí.

Mas cuando uso articuladores, la gangrena se extiende: en el trivial e inexcusable «sin embargo» no pienso para nada en el embargo que podría (digámoslo con un fácil recurso) embargar mi ánimo. El lugar común transmite lo impensado…

(No caigamos en el consabido fetichismo: lo impensando es lo impensado en lo pensado mismo.

Kafka lo supo y lo resolvió de un modo único, como para no hacer escuela…

Se sometió irónicamente al lugar común, hasta hacer estallar su atroz vulgaridad sobre el fondo de una prosa perfecta en el meticuloso y atento hallazgo de la luz que, finalmente, permita respirar…)

Lo que repercute en la expresión «lugar común» es precisamente este calificativo que indica lo general: común.

Dice Paulhan: «Es un punto adquirido por nosotros: ellos (los lugares comunes) no son comunes». Y luego menciona esa «expresión oscilante y diversa que se presta a una doble y cuádruple entente». (142/43)

Son comunes porque son una propiedad de todos y de nadie: nada singular hay en ellos; sin embargo, apenas nos detenemos y los subrayamos sin pasarlos por alto, quedamos prisioneros de la trampa que nos reúne en el equívoco, en el malentendido…

Algo general ―tan general como lo son todos los términos del lenguaje― llega a singularizarse por la vía del olvido.

El problema de la escritura ―de la lectura― queda cifrado en esta pregunta: ¿cómo singularizar (singularizarse) sin quedar expuesto a las trampas simétricas del terrorismo y de la retórica escolar?, que inevitablemente desemboca en esta otra, más apremiante, menos convencional, más ardua: ¿cómo hacer que la escritura sea una ceremonia (no un rito) que nos prepare para la gracia de lo imprevisto?

La única respuesta posible la dio hace años el antecesor de Pauhlan en la dirección de la Nouvelle Revue Française, Jacques Rivière, en su correspondencia con Artaud.

De ese intercambio que requiere de una sección aparte[12], entresaco este párrafo de Riviére, realmente iluminado:

«Todo “pensamiento” logrado, todo lenguaje que captura, las palabras por las que luego se reconoce al escritor, siempre son el resultado de un compromiso entre una corriente de inteligencia que sale de él, y una ignorancia, una sorpresa, un impedimento que le advienen.

La precisión de una expresión siempre comporta un resto de hipótesis; la palabra tiene que haber golpeado un objeto sordo, y antes de que lo alcanzara la razón. Pero ahí donde faltan del todo el objeto y el obstáculo, la mente continúa, inflexible y débil; y todo se desmorona en una inmensa contingencia.»

[1] La rima interna desaparece en la traducción: “Oui, Ribby habille mieux”.

[2] Paulhan, Jean, Les fleurs de Tarbes ou La Terreur dans les Lettres, Folio essais, Gallimard, Paris, 2006

(Édition augmente établie et présentée par Jean-Claude Zylberstein) Hay traducción castellana: Paulhan, Jean, Las flores de Tarbes o El Terror en las Letras, Arena Libros, Madrid, 2009. (traducción de Álvarez Galán) La traducción es en general excelente, pero la edición presenta el inconveniente de que prácticamente la mitad de la edición francesa, integrada por notas y un dossier compuesto con materiales del propio Paulhan, no ha sido vertida al castellano, sin ninguna noticia o justificación dirigida al lector. Para evitar citas engorrosas he puesto en el cuerpo del texto cuando lo consideré necesario, el número de página de la edición de Folio.

[3] Véase el clásico Blanchot, Maurice, El espacio literario, Paidós, Buenos Aires, 1969. (traducción de Vicky Palant y Jorge Jinkis).

[4] Véase “Comment la littérature est-elle possible?” y “Recherches sur le langage”, en Blanchot, M. Faux Pas, Gallimard, Paris, (1943), 1975. El primero de los articulos está dedicado a Les fleurs de Tarbes; el segundo a la obra de Brice Parain. En esta última dice algo esencial y que es necesario tener en cuenta de manera constante, es decir, hay que saber olvidarlo para que retorne: se puede hacer un uso exacto de las propiedades del lenguaje para hacerlo fracasar: échec, es decir, también, darle jaque mate.
Paulhan usa la expresión aparentemente al revés (p.76 ) para señalar lo que hay que reducir. Pero el contexto de su prosa muestra claramente que esta situación es perfecta y espontáneamente reversible.[6] Coustille, Charles, “Pour une soutenance de thèse de Jean Paulhan”, Fabula, /Les colloques, fabula.org.

[7] Para Giorgio Colli el sujeto es “viscoso e inaferrable”, insustancial, emerge como comprimible y elástico.
Por eso, sólo es posible representar a un sujeto como un objeto. (Colli, Giorgio, Filosofía dell’ espressione, Adelphi, Milano, 1969.) En realidad la epistemología actual bien podría invertir esta afirmación.
Ahora es el objeto – sea meteoro, materia oscura, energía libre, onda – el que adopta finalmente caracteres como los atribuidos tradicionalmente al sujeto. Además de los desarrollos específicos de las ciencias contemporáneas, es la semántica inestable e informalizable de la lengua la que condiciona estos hechos tan notorios.

[8] Bergson, Henri, Essai sur les donées immédiates de la conscience, Alcan, Paris, 1909.

[9] Fichte, J.G., Doctrina de la ciencia, Aguilar, Buenos Aires, 1975 (traducción de Juan Cruz Cruz) p.102.

[10] Faux Pas, ob. cit. p.100.

[11] Blanchot, Maurice, “Artaud”, en Artaud, polémica, correspondencia y textos, editorial Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1968, p.17.

[12] El trabajo original incluye tres secciones más que por razones de extensión dejé aparte. Ellas son “La correspondencia Artaud- Rivière: el resto literario”; “El guerrero aplicado y Kafka”, y “La semántica inconclusa de Paulhan”.

13] “Correspondencia con Jacques Rivière”, en Artaud, Antonin, Carta a la vidente, Tusquets, Barcelona, 1971.

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