La educación sentimental de Juan

La animación danesa de Jacob Ley, John Dillermand (Juan Pilila en español), nos enseña varias cosas que iremos desentrañando. La primera confirma una frase dicha por Henri Michaux: la repetición es la primera droga. Aunque no es ésta el tema central de Juan Pilila, sino el conflicto que deberá resolver cada vez que la repetición asalta.

Estas viñetas animadas tienen una secuencia que se repite, necesaria repetición para captar la lógica puesta en juego y que signa también la apuesta en juego:

  1. En un primer tiempo Juan establece alguna relación de juego con su pilila, esta escena siempre es interrumpida por la bisabuela, quien solicita alguna tarea que Juan debe llevar a cabo.
  2. Hay una frase que también vemos repetirse en diferentes secuencias: “pero la pilila primero quería…”, ese carácter de apremio, de urgencia pulsional en nombre de la pilila es lo que pondrá a Juan siempre frente a algún conflicto que deberá resolver, no sin el encuentro con el dique pulsional de la vergüenza, que deberá atravesar cada vez.
  3. Juan es bueno y quiere complacer a la bisabuela, por lo que somos testigos de la interrupción del juego con la pilila (es decir, del autoerotismo), la latencia en la que se desarrolla la relación con los otros, el llamado al deber, la relación con el cuerpo social.
  4. Entonces aparece el conflicto: cuando Juan actúa comandado por la pilila se mete en problemas, cuando quiere obedecer y hacer lo correcto, su torpeza, inmadurez y prisa por volver al juego de la pilila, también. Aquí tenemos también la repetición de la vergüenza, una vergüenza en segunda instancia cuyos testigos exceden el ojo familiar de la bisabuela. El personaje de Juan condensa el infante y el adulto, lo vemos con pantalones cortos, camiseta sin mangas y bigote, un gorro de lana bajo el cual sistemáticamente esconde el rostro, primera reacción cuando la vergüenza lo expone al inconveniente, consecuencia del apremio de la pilila. Lo hemos dicho otras veces: la repetición trae lo mismo y la posibilidad de la diferencia. La repetición exige lo nuevo, apunta Lacan en su Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Pero Juan es una buena persona, siempre quiere enmendar su error: ahí es donde crece, madura, elige, y en lugar de seguir tironeado entre el apremio pulsional de la pilila y la torpeza del deber no resuelto; avanza: el cuerpo pulsional ya no es obstáculo sino parte de la solución. Resignar un pedazo de satisfacción narcisista inmediata (la pilila o cualquier cosa que nos deje solos con nosotros, aislados y más temprano o más tarde, aburridos e insatisfechos) en aras de un lazo con el afuera y una satisfacción más duradera en el tiempo; finalmente nos deja en un mejor lugar, tal vez con un margen de insatisfacción ineliminable (¿finalmente, donde habría algún otro que podría colmarnos completamente?) pero probablemente más contentos. Hay que soportar perder un pedacito para alojar una ganancia mejor: hay que empezar a amar (es decir, a incluir y dejarse incluir al y en el otro) para no caer enfermos, señalaba Freud con su habitual inteligencia.

5.Finalmente el conflicto se resuelve, Juan vuelve a casa de la bisabuela con la misión cumplida, y los dos se sientan a ver la televisión donde se vuelve a ver el desarrollo de toda la viñeta, una especie de modo de inscripción de la enseñanza, como en las leyendas de antaño.

Se trata de una hermosa fábula contemporánea que podría denominarse La educación sentimental de Juan. Un relato tierno, grotesco y naif, absurdo y verdadero, todo al mismo tiempo, inteligentemente armado con alusiones, que en pinceladas teñidas de humor absurdo se permite contar un conflicto masculino por antonomasia, con la frescura y la alegría infantil de la incorrección política. Y todo esto en solo cinco minutos de duración por capítulo.

Quienes suponen en estas exquisitas y humorísticas viñetas un culto al falo, una apología del machismo o de la dominación, tal vez denuncien más bien el poco tiempo que han dedicado en estudiar al varón y sus obsesiones, sus miedos, limitaciones, ascos y vergüenzas, que también existen. Es pasar demasiado rápido la vista y detenerse solo en la visión de algo que sobresale (la fascinación o el rechazo nos arroja a estas capturas), mientras el conflicto, más aludido y narrado que mostrado en un objeto grotesco, caricaturizado, invita a ser leído. No estamos en tiempos de rechazar invitaciones a leer si no queremos embrutecernos, reducirnos a un lema fácil.

Resulta sorprendente que, pese a que se trate de una animación recomendada para infantes de entre 4 y 8 años para quienes, apuesto la cabeza (y si tuviese, la pilila), será un momento de risa y entusiasmo; sean los prejuicios de adultos enardecidos los que han denostado hasta la exasperación esta cómica creación.

Un conflicto con la potencia no puede reducirse a un asunto de dominación o machismo.

Louise Bourgeois cuenta una anécdota de una clase de escultura en su época de estudiante: un modelo desnudo, repentinamente, presenta una erección involuntaria mientras posaba. La atenta Louise, en ese gesto, lejos de una ofensa o una falta de respeto al otro, advierte un momento de profunda incomodidad y vergüenza en el modelo erecto y caído en la misma proporción, quien, lejos de querer dominar al mundo con su falo, queda arrojado a la profunda vulnerabilidad donde lo deposita esa erección obscena, a destiempo, fuera de lugar, pero real e irremediable. Y que confirma la independencia que muchas veces adopta el miembro del varón a pesar de las intenciones de quien, aunque lo intente, no lo comanda. De ser así, la impotencia, la eyaculación precoz y otras rebeldías de la pilila, habituales en la clínica masculina, no serían síntomas que los varones padecen.

Quienes se apresuran a leer en el atribulado y conflictuado Juan Pilila un mandato de supremacía masculina, probablemente estén demasiado habitados o bien por sus propios fantasmas (a los que siempre conviene conocer e, incluso, desactivar, pues desde nuestras fobias infantiles sabemos no son buenos compañeros) o, peor aún, por discursos propelentes y deflagrantes como la pólvora, que circulan con la misma rapidez y los mismos efectos: queriendo hacer arder en la pirotecnia instantánea historia, tiempo, palabras, diferencias (que también, como los fantasmas, las hay), queriendo combustionar el tiempo necesario para permitirnos conocer mejor de qué gozan o de qué sufren aquellos diferentes de nosotros. Aunque nos asuste o nos decepcione.

Laura Salino Dufour

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