El Otro no atiende, deje su mensaje después del síntoma, por Laura Salino
El lunes 28 de abril de 2025, sin previo aviso, un apagón masivo dejó a oscuras a gran parte de España, Portugal y Francia. No hubo alerta ni explicación inmediata. Solo una interrupción súbita. El vacío. El silencio.
Más allá de su alcance técnico, la escena se impone como una metáfora viva del síntoma tal como lo trabajamos en el análisis: una grieta que desmiente la ilusión de continuidad y control que sostiene nuestras ficciones cotidianas.
Así como el síntoma no es un simple mensaje a ser descifrado, sino la marca de un real que no se deja integrar, el apagón reveló algo esencial: el Otro también puede fallar.
Esto no marida bien con la neurosis, que suele preferir cualquier cosa con tal de no confrontar esa falla. Por eso, de inmediato comienzan a tejerse teorías donde existiría ese Otro completo y malvado que sería el demiurgo del acto. El neurótico siempre intenta evitar el encuentro con la falta de garantía.
El síntoma no es un mensaje cifrado esperando ser interpretado por algún saber experto. No. Es lo que no entra en la red del sentido. Es una aparición sin invitación. Una falla. Una disonancia que insiste. Una interrupción que no se deja domesticar.
Como el apagón, el síntoma nos recuerda que el Otro también puede fallar. Para la neurosis, esto es inadmisible, cualquier cosa antes que aceptar la ausencia de garantía.
Ahí es donde duele: en el vacío donde se esperaba un sostén.
Es justamente en esa falla donde el análisis comienza.
Cada análisis empieza, de algún modo, con un apagón. Un desconcierto. Un corte. Algo no cierra. Algo no sigue. Y ahí, en esa perplejidad, en aquello que se desacomoda, se filtra el síntoma. Se cuela en la fiesta del saber, de la identidad, del “yo soy así”. No para arruinarla, sino para abrir paso a otra cosa.
Cuando cae el decorado, lo que aparece no es el caos: es la posibilidad de empezar a escuchar aquello que no tenía palabra. De dejar de explicar y empezar a alojar.
Como en los antiguos desfiles romanos, donde al general victorioso se le permitía recorrer la ciudad en carro mientras era aclamado por la multitud, pero llevaba detrás a un esclavo que le susurraba al oído: memento mori , «recuerda que eres mortal», «recuerda que eres solo un hombre». La fiesta se acaba.
El síntoma es ese susurro que, en medio del aplauso, nos confronta con lo que no se resuelve, no se ordena, no se acomoda. Nos recuerda que hay un límite, una falla estructural, una verdad que no se deja absorber por el brillo del sentido.
El síntoma se cuela para interrumpir la gloria narcisista del yo y recordarnos que hay una falla estructural, que no todo es programable. Que no hay Otro completo.
Ahí comienza el verdadero trabajo analítico.
Porque lo real siempre se cuela.
Y el síntoma también.
Laura Salino Dufour











