por Laura Salino Dufour
Hace unos días volví a encontrar una frase de Mark Twain —filosa, insolente, exacta— que decía algo así como: “Es más fácil engañar a alguien que convencerlo de que ha sido engañado.” Automáticamente me llevó a recordar un viejo epitafio personal elegido tiempo atrás, un pequeño secreto que ahora sale a la luz.
Reconocer que uno fue engañado es un impacto directo e impiadoso al corazón del narcisismo. Duele la constatación de que a veces somos más ingenuos de lo que creemos, que otro puede aprovecharse de esa grieta, que la supuesta impermeabilidad protectora de nuestros planes, reaseguros y garantías no nos puede salvar, a nosotros ni a nadie. Somos vulnerables incluso cuando actuamos como si no lo fuéramos.
Curiosamente, quien experimenta cierto placer en engañar suele ser quien peor tolera el engaño. Por eso, el momento en que admitimos que nos engañaron y que nos engañamos suele coincidir en el mismo abismo: caída dolorosa, prueba irrefutable de que las protecciones fallaron.
Luego llega —si llega— eso que evitamos hasta donde la fantasía resista: el desengaño. Trabajamos horas extras (nunca gratuitas y nunca bien pagadas) para sostenerle la ilusión al otro, pero sobre todo para sostener la nuestra. Cuando la estructura imaginaria se desmorona, repartimos reproches en todas las direcciones: al otro, a nosotros mismos, al universo. Juramos no confiar más. Y, por supuesto, volvemos a confiar. El ciclo humano por excelencia. ¿Y por qué importa volver a confiar, cada vez más desengañados, seguir confiando? Porque será una confianza menos ciega, más atenta a la ebullición cruda de la realidad que a las torpes fantasías con que intentamos disimularla para que no moleste, para que no duela. Cuando pretendemos ahorrarnos el dolor, le ponemos un amplificador al sufrimiento.
El desengaño tiene mala prensa porque nos duele. Es una herida. Pero sin el valor del desengaño aún estaríamos dejando dientes bajo la almohada para que venga el Ratón Pérez, pondríamos pasto para los camellos de los Reyes Magos; aunque los reyes verdaderos —los que existen, si existen— ni dejen regalos ni se acerquen demasiado. ¿Se decepcionarán ellos? ¿Los magos y los no magos?
Aunque nos aferremos al ateísmo más racionalista, también creemos. Creemos más de lo que admitimos.
El neurótico, ya se sabe, prefiere colocar la responsabilidad afuera, obedecer, suponer que alguien, que otro sabe. Se ofrece a ese saber como quien entrega las llaves de su casa a un desconocido. La historia está llena de las consecuencias de esa obediencia, más o menos debida. Debida a qué es otra pregunta importante para hacernos.
Necesitamos creer en una verdad de la que no sospechemos demasiado y no nos gusta sabernos necesitados de nada. Un viejo amigo filósofo me dijo una vez: “Es más fácil dar que recibir, porque el que da es quien cree que tiene, el acto de recibir es reconocer el propio agujero, reconocer que nos falta algo.” Cuánto sufrimiento innecesario brota de lo que falta, de lo que creemos debería completarnos.
Semanas atrás escuché a un actor muy reconocido confesar que, aunque haya ganado premios y acumulado felicitaciones, si el portero del edificio le dice “un poco floja la película”, eso le arruina el día. Y aunque el teatro se derrumbe en aplausos, su mirada se fija en el único espectador que no aplaude. Ese portero es, quizás, la voz del yo: una figura anónima a la que le otorgamos un poder devastador.
Sufrimos por la brecha entre lo que esperamos y lo que recibimos porque es prácticamente imposible no esperar. Somos una fábrica inagotable de escenas imaginarias. Y es muy improbable que la realidad coincida con el fantasma. Claro que los fantasmas existen, dan prueba sobrada nuestros miedos de infancia que nos advertían de su peligro. Nunca vienen con sábanas blancas, se visten mucho mejor, tanto que no los reconocemos como tales. Hace falta un arduo trabajo para ello.
¿Hay antídoto? Probablemente no. Pero hay algo así como un “antitodo”: otra manera de tratar con lo que falta. Y ahí vuelve mi epitafio, que leí en unos sueños de Quevedo.
Hablaba un diablo, pero no de esos genios malignos: uno frágil, crédulo, torpe para el mal porque confía demasiado, un diablo siempre a punto de ser engañado porque se verifica en su vulnerabilidad. Ese diablo escribió mi epitafio:
“Más he preferido atreverme que engañarme.”
Entre Twain y Quevedo, entre el riesgo de la aventura y la vulnerabilidad, se escribió una orientación posible para mi vida. Quizá también un final y un comienzo. Cada año lo voy viendo, viviendo.
Laura Salino Dufour











