(o el tubérculo y su relación con el inconsciente), por Laura Salino Dufour
No fue una sesión ni un sueño. Fue una bolsa de zanahorias.
Una escena tan trivial como ir al supermercado se volvió, de golpe, una cita lacaniana en acto. Estaba eligiendo vegetales cuando leí, impreso en letras negras sobre el fondo naranja de las zanahorias: “ESMA”. Así, en mayúsculas. La marca del productor. Supongo que en España nadie se inmuta ante esas cuatro letras, pero para alguien que nació en Argentina, ese significante no es un nombre cualquiera: es una herida histórica, un abismo de sentido, una cifra del horror y la tortura.
Ahí, entre los tubérculos, me detuve. Me reí. Pero no una risa cualquiera: una de esas risas donde el inconsciente se cuela por las ranuras del lenguaje y hace cortocircuito con lo real.
Recordé en ese momento una cita de Lacan: el significante mata a la cosa.
Y en ese instante, la zanahoria murió. Quedó sepultada bajo la fuerza del significante. Ya no era un tubérculo fibroso y simpático, ideal para el caldo. Era la marca de lo impensable estampada en un producto orgánico. El contraste era tan risible como ridículo. ¿Cómo puede llamarse ESMA una empresa de hortalizas? Bueno, claro: en esta geografía, eso no significa lo que significa allá. El significante no tiene patria, pero sí historia. Y en Argentina, la ESMA, Escuela Superior de Mecánica de la Armada, durante la dictadura militar, funcionó como centro clandestino de detención de personas.
El equívoco se había iniciado años atrás con otro hallazgo: una etiqueta que decía “Sócrates” adherida a unas mazorcas de maíz. Ahí no hubo un ápice de espanto porque Sócrates siempre me ha parecido un personaje adorable, solo carcajada. El filósofo de la mayéutica reducido a maíz ancestral. ¿Es que el mercado global ha decidido reencarnar a nuestros muertos ilustres en los alimentos?
Cuando el inconsciente hace las compras
Este tipo de escenas no son rarezas. Forman parte de lo que Freud llamó psicopatología de la vida cotidiana: momentos donde lo inconsciente se filtra por los intersticios del sentido común. Y si Freud trabajó los lapsus, los olvidos y los actos fallidos, quizás habría que añadir hoy una categoría nueva: los desvíos del consumo.
Porque en el supermercado también se habla. Se goza. Y se tropieza. No porque la verdura nos hable, sino porque el lenguaje ya está ahí antes de que lleguemos, cargado de resonancias, traumas, ironías y asociaciones libres. La etiqueta no dice lo que dice: dice otra cosa. Y lo que dice nos toca.
El significante no perdona
“ESMA” escrito sobre medio kilo de zanahorias es un oxímoron que el inconsciente no deja pasar, porque cuando el significante se impone, asesina la cosa, decía Lacan. No tanto porque destruya su materialidad, sino porque la arrastra sin que podamos oponer resistencia al campo del sentido, ese pantano donde ya nada puede ser solamente lo que es.
La cosa pierde su inocencia. Y uno, su neutralidad.
Pero no todo es tragedia: bendito humor. El humor es lo que aparece cuando el significante no termina de realizar su crimen, porque resucita en otro registro. Cuando nos permite reírnos de la rigidez del sentido, de la literalidad, de lo que no cierra. Reírse de una bolsa de zanahorias que dice ESMA no es banalizar el horror: es recordar que el lenguaje tiene efectos, incluso en el estante de verduras. Y que el sujeto está, lo quiera o no, implicado en lo que lee.
Una ética del pasillo de frutas y verduras
Tal vez haya que entrenar la mirada para detectar estas escenas, no porque escondan un saber oculto, sino porque muestran que el inconsciente no está confinado al diván. Aparece en una bolsa de zanahorias, en una etiqueta de maíz, en los nombres que nadie revisa y organizan la otra escena. En eso que no debería estar ahí y sin embargo está.
Y uno puede reírse sin explicar. O escribir. O ambas cosas.
Porque la ética del psicoanálisis no es solo la del deseo. También es la del gesto que recoge lo inapropiado del lenguaje, lo desajustado, lo que no encaja… y lo convierte en escena.
Una escena que, como toda escena inconsciente, nos invita a una inteligencia nueva.
Laura Salino Dufour











